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Las
máquinas conscientes son el siguiente reto tecnológico
par
Sergio Alejandro Moriello 07/03/04 |
Cet
article a été publié par la revue scientifique
espagnole en ligne Tendencias Cientificas. Celle-ci s'intéresse
à tous les aspects des sciences et des technologies,
par l'intermédiaire d'articles convenablement documentés.
Les domaines de notre propre revue y sont bien représentés.
Nos lecteurs hispanisants trouveront là une source
d'information très utile, qui a l'avantage de publier
dans la langue de Cervantès. Ceci leur permettra
de se familiariser avec l'espagnol scientifique, au moins
aussi utile que l'anglais dans les relations entre chercheurs.
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Las
máquinas conscientes son el siguiente reto tecnológico
La
principal dificultad es que no se sabe todavía qué
es lo que hace que el cerebro humano sea consciente
El siglo XX fue testigo de cómo las máquinas
primero y las computadoras después han superado las
habilidades físicas e intelectuales del ser humano.
La pregunta ahora es: ¿podrá la consciencia
cobrar vida en los circuitos de algo inanimado como una
computadora? Y aunque muchos filósofos opinan que
la computadora no tiene ni podrá tener consciencia,
otros admiten que si alguna vez se llegara a imitar el funcionamiento
del cerebro, quizás también se podrían
simular las emociones y los sentimientos. En cualquier caso
se trata de un reto formidable debido a que no se sabe todavía
qué es lo que hace que el cerebro humano sea consciente.
Por Sergio Moriello.
Muchos filósofos y científicos opinan que
es poco concebible que una verdadera inteligencia pudiera
manifestarse sin estar acompañada por la conciencia.
Estas capacidades, o habilidades, podrían compararse
con la llave y la cerradura, en dónde una no tiene
sentido sin la otra; de la misma manera que es inconcebible
suponer que existe un lugar denominado “la ciudad”
totalmente aparte y por separado de los parques, los edificios,
las calles, las personas, los negocios, los medios de transporte
y todas aquellas otras entidades materialmente especificables
que le dan forma.
Si se alcanza
la inteligencia, la consciencia surge como consecuencia.
No obstante, hay otros pensadores que consideran que la
conciencia no necesariamente está “atada”
a la inteligencia. Por ejemplo, argumentan, los hormigueros
se comportan de una manera bastante inteligente, aunque
es muy difícil defender la idea de que existe alguna
clase de conciencia unificada “revoloteando”
entre las miles de hormigas que lo componen.
Asimismo, aunque
varios expertos aseguran que la consciencia es un atributo
que pertenece exclusivamente a la especie humana, otros
lo ponen en duda: quizás muchos de los animales tengan
también un cierto tipo de consciencia, si bien muy
primitiva o poco desarrollada.
Es indudablemente
cierto que muy poca gente estaría en verdad convencida
de que los anfibios o los peces -por poner un ejemplo- poseen
una determinada clase de consciencia, pero no ocurre lo
mismo cuando se observa a un perro o, especialmente, a un
mono.
Conciencia
antropocéntrica
Si bien muchos
argumentarían que estos animales sólo responden
al entorno por puro instinto, la mayoría de las personas
habitualmente asocia algunas de sus conductas con experiencias
subjetivas netamente humanas: infieren en estas criaturas
la alegría, la ira, el dolor, los deseos o las intenciones.
Por supuesto,
resulta difícil verificar estas hipótesis
porque no se logra establecer una comunicación real
con estas criaturas; únicamente se pueden observar
sus comportamientos externos. Aun así, este punto
de vista no deja de ser bastante antropocéntrico,
en el sentido de que sólo se reconocen aquellas experiencias
subjetivas que tengan una correlación estrecha con
el ser humano.
Es por este motivo
que muchos científicos de las ciencias humanas afirman
que la consciencia está muy ligada al lenguaje y
que éste es el ingrediente clave de aquella. Es gracias
a la capacidad lingüística que los humanos se
diferencian de todo el reino animal y pueden alcanzar la
exclusividad del pensamiento. Y es sólo a través
del lenguaje (tanto oral como escrito) que es posible describir
los propios estados internos, de forma tal de convencer
a los demás integrantes de la sociedad de que se
tiene consciencia tanto del mundo externo como del interno.
Conciencia
no corpórea
¿Podrá
un concepto tan humano como la consciencia cobrar vida en
los circuitos de algo inanimado como una computadora? ¿Es
posible duplicar las funciones de un cerebro orgánico
en una estructura artificial que se asemeje a la humana?
¿Podrán algunos procesos computacionales -radicalmente
distintos de los que existen en el cerebro- generar propiedades
mentales similares a las humanas?
¿Tendrán
las inteligencias artificiales una “psicología”?
Y de ser así, ¿sería ajena al ser humano?
¿Sabrán las máquinas lo que hacen,
tendrán intenciones? Muchos filósofos opinan
que la computadora no tiene ni podrá tener conciencia,
porque está construida con materiales no orgánicos
y no cuenta con una estructura neuronal profundamente integrada
a un cuerpo biológico.
Tal vez la consciencia
humana sea un fenómeno biológico que dependa
de la interacción del cerebro con el resto del cuerpo
y con el mundo que lo rodea, de la propia herencia y de
los miles de millones de años de evolución
de la vida sobre la Tierra.
Pensamiento
cuántico
El físico-matemático
inglés Roger Penrose, por ejemplo, sugiere que los
fenómenos de la conciencia no sólo no podrían
llevarse a cabo, sino que ni siquiera podrían ser
simulados por ningún tipo de computadora -en el sentido
que se le da actualmente a este término- ya que éstas
solamente pueden obedecer un algoritmo.
Los seres humanos,
en cambio, poseen un pensamiento consciente porque la actividad
física, la “computación” de su
cerebro, es de índole cuántica, algo completamente
distinto y que está mucho más allá
de la “simple” computación algorítmica.
En consecuencia, y para este pensador, sólo aquellas
entidades capaces de ejecutar una “computación
cuántica” serían verdaderamente conscientes.
También
el filósofo David Chalmers opina de forma similar:
quizás la consciencia sea una propiedad inmaterial,
no-física, y fundamental del universo, vagamente
comparable con la masa, el espacio y el tiempo y que acompaña
ciertas configuraciones de materia como, por ejemplo, un
cerebro orgánico. Para este investigador, sólo
se conseguirá construir máquinas inteligentes
cuando éstas puedan evolucionar, pues la consciencia
resulta de la evolución de las especies.
Cerebro
artificial
Otros filósofos,
en cambio, admiten que si alguna vez se llegara a imitar
el funcionamiento del cerebro, quizás también
se podrían simular las emociones y los sentimientos.
Pero para eso no sólo habría que diseñar
un cerebro artificial, sino también un cuerpo y,
en lo posible, de forma humana.
En consecuencia,
la máquina ya no sería simplemente una computadora
con gran inteligencia, ni siquiera un robot dotado de elaborados
sistemas sensoriales y motores, sino un complicado androide
capaz de interaccionar con el entorno, con los problemas
de la vida real y con las personas. De esta manera, en la
modelización del intelecto inorgánico posiblemente
se deban tener en cuenta, también, las teorías
cognitivas, culturales, históricas y sociales.
Aunque esta “pseudosensibilidad”
tal vez no sea una consciencia auténtica -ya que,
en sí misma, no podría tener ningún
sentimiento o ninguna experiencia consciente-, se le parecerá
bastante. De todas formas, y desde el punto de vista de
la ingeniería, se trata de un reto formidable, principalmente
debido a que no se sabe que es lo que hace que el cerebro
humano sea consciente.
¿Máquinas
conscientes?
¿Se necesitan
“máquinas” conscientes de su propia existencia?
Si la respuesta fuese afirmativa, seguramente surgirán
otras tal vez más inquietantes: ¿qué
pasará con la libre voluntad?, ¿tomarán
estas “máquinas” sus propias decisiones,
o se limitarán a seguir un programa, aunque extremadamente
complejo? ¿Desarrollarán algún tipo
de discriminación sobre los seres vivos, en especial
sobre los humanos?… ¿en qué se transformarían
las máquinas?
En efecto, si
se logra algún día construir una “máquina
que tenga consciencia”, ¿no dejaría
de ser ésta, por simple definición, una máquina?
¿Acaso las máquinas no se construyen única
y exclusivamente para desempeñar una función
y nada más?
Aparentemente,
el problema no sería tanto si las computadoras fuesen
capaces de pensar -algo que de por sí ya es bastante
atemorizante-, ni siquiera que lo hagan a velocidades muchas
veces superiores a la del homo sapiens, sino si podrían
desarrollar algún tipo de consciencia.
No existe temor
más profundamente arraigado en el espíritu
del hombre que destapar la caja de Pandora (o la de la tecnología,
en una versión más actual). Si la inteligencia
estuviera enlazada indisociablemente a la consciencia, entonces
es posible que las “máquinas inteligentes”
tengan aspiraciones y deseos propios y podrían no
estar dispuestas a trabajar incansablemente -como esclavas-
para sus dueños.
Máquinas
con derechos
Además,
quizás y de forma automática, surgiría
en ellas el deseo de autoconservación, la negativa
a dejarse “desconectar”. Y dado que la consciencia
es vida, desconectar una consciencia sería una forma
de homicidio.
Hasta el concepto
mismo de posesión -por parte de un ser humano- de
una “máquina inteligente” podría
cuestionarse moralmente. ¿Qué tipos de derechos
se les debería dar o negar a éstas “máquinas”?
En síntesis, tal vez las consecuencias de este “logro”
podrían llegar a ser nefastas, pero por ahora no
es posible saberlo ni predecirlo.
Por otra parte,
el hecho de aceptar que una “máquina”
pueda tener un cierto tipo de consciencia, sin dudas, constituiría
una profunda herida para el narcisismo humano.
Una herida que
seguiría a las anteriores: la de que la Tierra no
es el centro del universo (con el astrónomo polaco
Nicolás Copérnico y el físico, matemático
y astrónomo italiano Galileo Galilei), la de que
el hombre no está tan separado de los primates (con
el naturalista británico Charles Darwin) y la de
que coexisten en el ser humano la inteligencia y la emoción,
la razón y la irracionalidad (con el neurólogo
austríaco Sigmund Freud).
Seguridad
relativa
¿Será
capaz el homo sapiens de soportar y cicatrizar, alguna vez,
esta nueva y grave herida? ¿Podrá tolerar
el fuerte choque que seguramente experimentará ante
el aberrante concepto de la “máquina consciente”
y totalmente autónoma?
El siglo XX fue
testigo de cómo las máquinas primero y las
computadoras después vienen superando incesante e
inexorablemente las habilidades tanto físicas como
intelectuales del ser humano: así, la imponente Deep
Blue demostró que –por lo menos en el juego
estratégico y racional del ajedrez– la inteligencia
humana no es la única sobre el planeta.
Humillado nuevamente,
el homo sapiens trata -de la mano de sus filósofos-
actualmente de alzar su propia autoestima aduciendo que
las máquinas “nunca” tendrán conciencia,
o que “jamás” experimentarán emoción
alguna. ¿Estará lo suficientemente seguro
de eso?
Sergio Alejandro Moriello es periodista científico,
Ingeniero en Electrónica y posgraduado en Administración
Empresarial. Actualmente está finalizando la Maestría
en Sistemas de Información. Es autor del libro Inteligencias
Sintéticas.
http://www.tendencias21.net/index.php3?action=page&id_art=72405
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